“Doctor, ya no me saque usted la muela,
aunque me muera de dolor
porque anoche dicen que lo vieron
en un tremendo bacilón”

Don Panchito y yo cantábamos esa canción a dúo desde que tengo memoria, hasta el 26 de diciembre del 2002. A partir del 27 de diciembre, la canto sola y generalmente en mi mente.
Panchito y yo siempre compartimos una especie de complicidad. El hecho que yo haya nacido a cinco meses de la muerte de la mujer que lo acompañó por casi 30 años, hizo - según mis papás y tíos- que se aferrara a mí, y que vuelque en su nietecita todo el amor que pensó seguir compartiendo con su esposa. Cuando nací, mi abuelo desapareció, pero regresó tres días después cayéndose de borracho. Se disculpó con mis papapas (abuelos por parte de papá) diciendo que mi nacimiento merecía tremenda celebración. Los días siguientes se abstuvo de mirarme, pues él decía que tenía una “mirada muy fuerte” y ojeaba a los recién nacidos. Panchito esperó casi una semana para mirarme de frente, y se aseguró que mi cintita roja estuviera bien amarrada a mi muñeca. Nunca tuvo asco de lavar los -ahora casi extintos- pañales de tela blanca con bordes rojos, que yo usaba. Le encantaba talquearme y cantarme canciones. Tapaba mis travesuras y ejercía su autoridad de padre al resondrar a mi mamá cuando ella me regañaba.
Después de cada almuerzo era ley- para mí- subir al segundo piso de mi casa en Trujillo, e ir al cuarto de Don Panchito a comer chocolates. Él guardaba en una bolsa blanca en el cajón de su cómoda- la que absolutamente TODOS, menos yo, tenían prohibido rebuscar- miles de sublimes que hacían el papel de postre. Mis papás evitaban a toda costa que su hija de 3 años comiera dulces porque “me malograban los dientes”, pero Panchito compraba “lo prohibido” en la tienda frente a mi casa, y cuando terminaba de almorzar me guiñaba el ojo para que yo subiera calladito.
Además decontribuir con el desgaste- no sé si se diga así- de mis dientes, contribuyó con mi gusto por la historia peruana- sí chicos, me gusta la historia del Perú. Él aprovechaba mis interesadas visitas para sentarme a su lado y enseñarme un libro llamado “Mi primer libro de Historia” (libro que data del año de la carreta, y aún conservo por algún lugar de mi armario), cuyos dibujitos captaban mi atención y morbo primerizo mostrándome a Túpac Amaru siendo jalado por los cuatro caballos, Francisco Pizarro muriendo con la espada en su garganta, indios que caían de una fortaleza en una lucha contra los españoles, etc. Don Panchito me contaba cómo los españoles llegaron al Perú en busca de oro y conquistaron a los indios, destruyendo el Tahuantinsuyo e imponiendo 200 años de virreynato.
Yo, fascinada con las historias de violencia, prometía regresar más tarde para iniciar mis clases de lectura a cambio de un segundo sublime, y me ganaba un tercero y último, si es que intentaba dibujar y escribir con la mano derecha. A mi abuelo no le gustaba que yo fuera zurda, mi mamá ya lo era, y con ella suficiente. Supongo que allá, por el año 1917, el pequeño Panchito, de sólo 6 años, aprendió que el lado izquierdo era considerado como el lado del demonio.
Cuando a mi papá lo trasladaron a Piura, mi abuelo se negó a dejar su querido Trujillo. Sus amigos- los pocos que le quedaban- vivían allá y se reunían de cuando en cuando. Sin embargo, lo venció el cariño por sus dos nietas (para ese entonces mi hermana ya había nacido). Además los años ya empezaban a pasar factura, y le era más difícil atenderse sólo, aunque debo decirlo, hasta el día anterior a su muerte mi abuelo lavó sus platos, medias y ropa interior sin ayuda de nadie, pobre de aquel que se atreviera a decirle “yo lo hago”. Él decía: “¿no ves que yo tengo manos?”
Pasó el tiempo y empecé a crecer. Me convertí en adolescente y mi abuelo empezó a celarme como nadie. Cada que un amigo o pretendiente iba a la casa, se encontraba en la puerta con un señor de cabeza blanca, lentes cuadrados y cara de palo que decía : “¿ y tú quién eres? ¿ a qué vienes?”. Pobrecitos, la cara que debieron poner cuando mi abuelo les tiraba la puerta en la cara antes de llamarme. Una vez mis amigos y yo habíamos quedado en ir a no sé donde, y cuando me fueron a buscar, nos quedamos conversando afuera de mi casa. Mi abuelo, cansado de todo el griterío y muerto en cólera de ver como un muchachito osaba abrazarme, no tuvo mejor idea que llenar un balde grande de agua recontra helada y echarnosla por la ventana. Subí histérica y le reclamé furiosa; él, ni se inmutó.
A Panchito no le gustaba que se le contradijera, tampoco le gustaba que yo fuera atolondrada, ni que me quedara dormida cuando me contaba -por enésima vez- la historia de su viaje de 15 días A PIE desde sus natales y charapas tierras Moyobambinas, hasta Trujillo, donde decidió establecerse. Panchito recordaba los nombres de quienes lo recibieron, de quienes le prestaron caballos cuando se sentía cansado de caminar, de la persona que le tomó la prueba de ingreso a la Universidad Nacional de Trujillo, y que dicho exámen era aprobado por quien escribiera 100 palabras bien escritas. Su memoria era infalible, es por eso que detestaba que yo sea olvidadiza, pero detestaba más que me endeudara en el quiosco del cole. Una vez me salió una cuenta de 130 soles, como mi mamá y papá se rehusaron a darme el dinero, a menos que yo trabaje ayudando en la casa, no me quedó otra que ir donde mi queridísimo, engreidor, comprensivo y siempre dispuesto a soltar billete en nombre de mis justas causas Don Panchito. Después de un laaaaargo sermón me dio el dinero. Cuando mi mamá fue a reclamarle el haber pasado sobre su autoridad, él le dijo que se callara y que el hacía con su dinero lo que se le antojara.
Sufrió un terrible golpe cuando se enteró que su único hijo hombre tenía cáncer al estómago. Sufrió más al enterarse de su muerte, y más aún, al no poder ir a su entierro. Mi hermano Víctor fue el que lo levantó esta vez. Mi abuelito se emocinaba al ver a Victor balbucear, gatear, decir “apiiito” en vez de abuelito, caminar, y crecer feliz. Se convirtió en su nuevo compinche, y en cierto modo, me desplazó. Ahora tenía que compartir mi reinado sobre Panchito con Víctor. Miento, miento terriblemente. Nunca me sentí desplazada, yo seguía siendo la primera, no habían más chocolates, pero sí suculentas propinas que salvaban mis salidas de fin de semana.
Con el tiempo Panchito y yo dejamos de pasar tiempo juntos. Él siempre me llamaba para conversar con él. Yo entraba, intercambiaba un par de comentarios y me safaba con la excusa de tener que hacer mis tareas, o estar estudiando para el exámen de ingreso a la universidad.
Lo siento Panchito, no sabes cómo siento no haberte dado más tiempo. Es cierto cuando dicen que al perder a alguien, lo valoras más. Lo que daría hoy por escuchar por enésima y una vez tu historia de viaje a Trujillo, lo que daría porque vuelvas a negarme cuando telefoneaban mis amigos, si pidieras una vez más que te prepare tus tostadas con mantequilla y tu leche con café, lo haría más que encantada.
Esta mañana, navegando por internet, encontré una foto del PVM que tanto te gustaba. En sus tres presentaciones: color caca (como le decía yo al de chocolate en frasco medio marrón), rosado de fresa, y blanco de vainilla. Boté un par de lágrimas. Vinieron a mi mente los momentos que compartíamos: las clases de mecanografía, tu libro de “Aprenda inglés en 15 días”, tu inglés masticado que era cualquier cosa menos inglés, recuerdas que me decías ” ¿ Diani, tú sabes cómo se dice “hola” en inglés?, cuando estaba en el sillón con una amiga y empezamos a cantar y sin pensarlo te uniste cantando “poron pon pon”, los plátanos de la selva sancochados, el trigo que tanto te gustaba, las veces en que te eché la culpa de haberte comido la lonchera de Víctor, cuando en realidad era yo la que se la comía, cuando me enojé porque me dijiste que mi amigo Guillermo era un “chino tetón”, sólo tú me decías “Diani” y desde que nos separamos no dejo que nadie me llame así, tus vinos caleteados en botellas de yogurt, y tus caídas como consecuencia de tus silenciosas “bombas”, la vez que te bacilé por tener el cachete derecho recontra morado por estamparte con la puerta de tu cuarto, y por último, la última vez que cantamos a dúo nuestra canción.
Debí decirte muchas veces más cuánto te quería Don Panchito, debí demostrártelo más seguido. Es la primera vez que escribo algo sobre ti, ahora que ya no lo puedes leer, y no sabes cómo me jode. De todas maneras, quiero que quien lea este post sepa lo mucho que te quiero, y que fuiste demasiado importante en mi vida, y que no pude tener mejor abuelo que mi Don Panchito.
Diani




