Aprovechando su corta estadía en Piura, nuestro redactor Enzo Yapure logró una entrevista (¿exclusiva?) con Alfredo Bryce Echenique. En ella, el escritor se ocupa de amores tan lejanos como sus visitas a Colán, su desencuentro con Fidel Castro y los recitales a teatro lleno con Joaquín Sabina en las épocas sin Premio Planeta.
Hay escritores que se admiran, como el celebérrimo Mario Vargas Llosa, y escritores que se quieren. Alfredo Bryce Echenique pertenece a estos últimos. Autor de obras tan entrañables como “Un mundo para Julius”, “No me esperen en abril”, “La amigdalitis de Tarzán” y otros libros imprescindibles de mi adolescencia, don Alfredo, como le llamé todo el tiempo, convirtió la entrevista en una deliciosa sobremesa de almuerzo en el Country Club de Piura. Con su voz de abuelito medio borrachín, se distrajo lo que quiso de todas mis preguntas, siempre para lograr las respuestas más interesantes. Este es el resultado, en doble dosis y con aliento a vodka con 7Up, de la conversación que sostuve con uno de los héroes de mi pubertad, el tímido y divertido Manongo Julius Sterne Echenique.
Periodismo y literatura
Existe un libro suyo de crónicas llamado A vuelo de buen cubero y otras crónicas, donde se notan ciertas vinculaciones con el Nuevo Periodismo norteamericano (o periodismo literario). Incluso hay escenarios del sur de Estados Unidos, como en A Sangre Fría de Capote. Para Alfredo Bryce, ¿qué es el periodismo literario?
Definitivamente es la más linda de las posibilidades de periodismo, pues involucra la literatura, la imaginación, el viaje, la comprensión de otros mundos, otras realidades. Tuvieron eso Gay Talese, Tom Wolfe, Truman Capote y varios más.
¿Usted hace periodismo literario en sus crónicas?
Claro que sí, ahí tienes toda la serie de artículos sobre el viaje por el sur de Estados Unidos. Todo ese libro (A vuelo de buen cubero y otras crónicas) es periodismo literario. Hay muchas interpretaciones personales, no son realidades pero corresponden a realidades indeterminadas.
¿En qué se diferencian literatura y periodismo?
Ese es un asunto en el cual no se puede hacer una señalización. Los periodistas son periodistas y punto. Lo que pasa es que hay escritores que entran en el periodismo, infieren en él como un interés más de su vida. Entonces es lógico que en sus crónicas haya algo de literatura.
Aludiendo al periodismo literario, se dice que, en la crónica Caracas sin agua, García Márquez se inventó al personaje Samuel Burkart, aquel alemán que se afeitaba con jugo de duraznos todas las mañanas. Usted, como escritor acostumbrado a escribir ficciones, ¿nunca sintió la tentación de inventar algún personaje o situación en sus crónicas para mejorar la historia?
No, no así a ese nivel de García Márquez. Pero sí he puesto en mi texto emociones del momento, cosas divertidas, que están en A vuelo de buen cubero y en todas mis crónicas de viaje. Por ejemplo, hay un momento en que el personaje pasa por un campo en vacaciones y lee las notas que las chicas se han dejado unas a otras, y él les responde y, en fin, es como una vía a través de la imaginación, pues detrás de la puerta no hay nadie. Esa licencia me la he permitido. Eso creo que ya es literatura pura y dura.
¿Todas las técnicas del periodismo pueden aplicarse a la literatura?
No, eh, no se puede. ¿Para qué sirve un monólogo interior en periodismo?
Bryce y Cuba
También hay dosis de periodismo literario en sus Antimemorias, cuando cuenta su estadía en Cuba, por ejemplo…
Bueno, te doy un ejemplo claro: en ese viaje navegamos por los cabos cercanos a Cuba, en el yate de Fidel, Felipe Gonzáles, presidente del gobierno español que venía del Perú justamente, donde lo había pasado fatal con Alan García, se habían llevado mal y se sentía liberado al llegar a Cuba.
Iba también García Márquez, Javier Solana, que en ese momento era ministro de Cultura de España y luego fue presidente de la Comunidad Europea… una serie de personajes con mucho futuro, incluido Fidel. Después yo cuento este episodio en la primera parte de mis Antimemorias, y Julio Feo, secretario privado de Felipe Gonzáles que estuvo en el yate, también lo escribió en su libro de memorias. En ese libro cuenta exactamente lo mismo que yo cuento, aunque él privilegia el aspecto político del viaje y yo privilegio el aspecto humano. Ahí te das cuenta que sí hay literatura, hay creatividad. Es la misma foto tomada por un fotógrafo distinto. Una en colores, la otra en blanco y negro.
En Cuba a mí me sorprendió mucho lo que es el poder. Nunca lo vi de tan cerca, y nunca lo encontré tan ridículo. Era un poco gracioso, porque lo que a mí me sorprendió fue los personajes, que eran unos colosos. Fidel Castro: un personaje rarísimo porque yo lo había visto en manifestaciones, bueno, García Márquez me llevaba para arriba y abajo a ver al Comandante, y era un monstruo, un troglodita en público. Comenzaba con unos discursos que había que largarse lo más rápido posible (ríe).
Pero, pasando al lado humano e individual, Fidel era uno de los hombres más cultos y finos que he conocido en mi vida. Todo se lo había leído, todo. Todo lo sabía. Era ameno, gracioso, afectuoso… increíblemente afectuoso.
Yo me quedé sorprendido, porque en esa época se había publicado, y con mucho éxito, La vida exagerada de Martín Romaña. Entonces subo al yate y veo que tenía en una mesita a Martín Romaña. “Este se sabe las de Quico y Caco”, pensé yo. Y luego él me contó de todos los libros que yo había escrito…
Era lector suyo…
Es que era lector mío y de todos, era un devorador de libros, pero si no tenía nada qué hacer… (risas).
¿Hizo buenas migas con Fidel Castro?
Sí. Era un hombre muy cariñoso y, mira, no me censuró. Mi libro de Antimemorias era violento con Cuba en algunos aspectos, pero él lo explicó así: “Este libro no lo hemos pagado nosotros. Bryce lo sabe mejor que yo, que soy el que abro la caja. La KGB no ha pagado aquí. Tampoco lo ha pagado la CIA, eso se nota. No le ha pagado nadie a este imbécil”. Entonces toleró la venta del libro en Cuba, no lo prohibió.
Después me volvió a invitar a enseñar en una escuela de cine, y ahí sí tuve una bronca con él y todo ese montón de vagos.
Tienen fama de vagos los cubanos…
Sí, juré no volver nunca más. Pero siempre un amigo puede más, y ahora uno de mis grandes amigos cubanos tuvo un accidente y voy a ir.
¿Se desilusionó de Cuba?
Sí, te desilusionas porque sabes lo que fue y a dónde ha llegado. Ya va a llegar a ser un país al nivel haitiano, porque todas las grandes obras que eran fruto del apoyo soviético no están. Ahí está la educación, la sanidad, no puedes tampoco negar eso. Pero es un régimen sin libertad, un lugar donde todo el mundo espía a todo el mundo.
Yo me hice operar de todo por adelantado, tan buenos eran los cubanos en eso. Después me enteré que tenía de vecino de cuarto a Dan Herón y que le estaban haciendo la cirugía estética, y yo dije: ¡carajo, yo también quiero la cirugía estética! (Carcajadas y sorbos de vodka).
Quería mejorarme un poquito. Fidel, por su parte, era un gigante con pies de barro, tenía unas piernas flaquitas…
Quizá a Fidel le molestó que usted en su narrativa lo humanizara de esa forma…
No, bueno, él no se dejaba tomar fotos. Yo nunca he tenido una foto de Fidel, salvo de grupo, en un almuerzo como éste.
(Continúa)
Posted by Enzo Yapure




